En Colombia parece haberse hecho costumbre nacional que, si algo no me gusta, me incomoda o no me cae bien, de inmediato se radica un proceso. No importa si es una decisión administrativa, una respuesta en voz alta, una declaración polémica, un trámite demorado o una disputa que antes se resolvía hablando o simplemente ignorando. Para el colombiano de hoy, todo lo quiere convertir en tutela, demanda, recurso o incidente judicial. Hay incluso ciudadanos colombianos que ya se profesionalizaron en números de radicados judiciales.
Ahora hasta las declaraciones públicas pueden convertirse en combustible para nuevos expedientes judiciales. El juzgado, mientras tanto, recibe la queja, la estudia, corre traslado, fija términos y suma otro asunto a una carga de trabajo que pareciera no terminar en esta vida y la otra.
La tutela, por ejemplo, es una herramienta fundamental para proteger derechos, pero su utilización indiscriminada ha convertido a la justicia colombiana en una especie de servicio de atención del buzón de PQRSF nacional. Cada problema que no resuelve oportunamente una entidad termina trasladándose al juez, y cada conflicto que podría solucionarse por una vía administrativa simplemente va para los tribunales.
Entonces Colombia tiene ciudadanos excesivamente litigiosos y leguleyos o instituciones que han hecho de los jueces la vía más eficiente para resolver problemas que deberían solucionarse administrativamente y dejar de “mamarle gallo” a la ciudadanía. De allí que tengamos una justicia que está obligada a atender todo aquello que jamás debió llegar a un despacho judicial, mientras lo urgente y lo importante tiene que esperar.
Lo tenaz es que, si seguimos llevando absolutamente todo a los juzgados, no solo estaremos cargando todavía más un sistema judicial que tiene demasiado trabajo desbordado, sino que se terminara quitándole legitimidad a la justicia y a esa autoridad que los abuelos todavía resumían, sin tanta ceremonia, en un contundente “traque” o un “me importa un oluc” frente a tanta bobada de la vida cotidiana. De seguir así, algún se tendrá que admitir que Colombia, el “país de la belleza” y ahora también “la patria milagro”, no estará llena de justicia, sino llena de procesos y radicados de gente desocupada con ganas de "joder por todo".