La polítiquería colombiana ha conseguido convertir a miles de ciudadanos en hinchas furibundos de dirigentes que probablemente ni siquiera saben que existen. Petristas y Abelardistas antes Uribistas, se trenzan en una guerra interminable de insultos, memes, descalificaciones y acusaciones, convencidos de que cada pelea digital constituye una batalla decisiva por el futuro de la patria.
Unos defienden el legado de Petro como si reconocer sus errores fuera una traición al pueblo, mientras otros respaldan a Abelardo de la Espriella con la convicción de que cuestionar a su líder equivale a traicionar a la patria.
En ambos bandos, los pajasos mentales alcanzan niveles extraordinariamente morbosos, donde el criterio propio y la inteligencia de los unos y los otros es lo que menos importa; cualquier argumento sirve para justificar al propio y cualquier rumor parece suficiente para condenar al contrario.
Desde luego que este espectáculo no es gratis y tiene sus beneficiarios. Los círculos viciosos de la politiquería saben que un ciudadano ocupado en odiar al adversario tiene menos tiempo para examinar los resultados, exigir cuentas y cuestionar las promesas de sus dirigentes.
Por eso, la discusión termina convertida en una competencia de lealtades donde cada bando selecciona las verdades que le convienen y acomoda los hechos a sus preferencias. La coherencia la vuelven negociable y el criterio propio e independiente queda subordinado a los colores politicos o a lo que diga la bodega de su bando.
En esta feria de fanaticos, sin darse cuenta, los pajuelos de la politiquería terminan convertidos en esclavos de las bodegas digitales, repitiendo consignas, atacando adversarios y defendiendo intereses ajenos como si estuvieran librando una cruzada salvadora del país. Mientras los operadores de las bodegas cobran muy bien, incluso en dólares, por manipular conversaciones y posicionar mensajes.
Los pajuelos gratuitos ponen la indignación, el tiempo y su pusilánime opinión al servicio de causas que ni siquiera se detienen a examinar, las bodegas hacen del manejo de la opinión un negociazo y hacen de la obediencia una identidad.
Mientras tanto, los problemas de Colombia no se resuelven en las guerras digitales. La seguridad, el empleo, la corrupción, la pobreza y el incumplimiento de las promesas públicas siguen alli intactas gobierno tras gobierno. Los políticos cambian de discurso, ocupan cargos, ganan plata, persiguen sus objetivos personales, vuelven a ganar plata y los fanáticos, en cambio, pueden pasarse años defendiendo decisiones ajenas como si estuvieran defendiendo su propio patrimonio.